El pensar así ha traído grandes progresos materiales, pero gran desazón y muerte espiritual. Los países aumentan su Producto Interno Bruto, pero son cada vez más brutos. Cada día se dan absurdos ridículos. Tenemos que un 10 por ciento de la población usufructúa el 90 por ciento de todas las riquezas. Tenemos estados donde hay dos naciones, los ricos y los pobres.
Eso es lo que ha provocado el colapso mundial. Un grupo de chacales virulentos tomaron el edificio pacientemente construido por 50 años de planificación, y lo destruyeron por medio de argucias y ardides condenables.
Existe, sin embargo, una salida a este panorama tétrico que he presentado. Me refiero a la iniciativa del gobierno de Bhutan al crear el Índice de Felicidad Bruta. Dicho índice se enfoca en aspectos lógicos, como este: ¿Para qué necesitamos refrigeradores si no tenemos comida?, ¿Para que autopistas, si no hay vehículos que la transiten?.
Ese índice se enfoca en lo que da la felicidad. Un pueblo educado, religioso, con sus necesidades cubiertas es feliz. Y si es piadoso, es pobre de espíritu. Jesús habló de ser pobres de espíritu y señaló que sólo los humildes y mansos de corazón podían heredar El Reino.
No tenemos que imitar el modelo butanés, sino que sobre nuestra tradición judeocristiana concienciarnos y establecer planes de políticas públicas que permitan que tengamos un país inclusivo, donde nadie se quede atrás y mucho menos sea discriminado.
Cuando nuestros políticos juran cumplir y hacer cumplir la constitución y las leyes nacionales se obligan a satisfacer las necesidades que “propendan al progreso material y espiritual” de la familia dominicana.
Seamos, pues, pobres de espíritu, ya que lo que desarrolla los pueblos no sólo es el oro, sino la fe, paz y concordia de sus habitantes.