martes, 25 de diciembre de 2018

La justicia en Santo Domingo


En la obra “Cosas Añejas”, César Nicolás Penson pone en la voz del Señor Rincón, el asesino del padre Canales, cuando le preguntan en su juicio, que quien mató al Padre Canales, él respondió La Justicia de Santo Domingo, ya que era culpable de varios homicidios.
Lamentablemente, desde ese proceso legal, llevado en el siglo 19, hasta hoy, poco o nada se ha avanzado.  Hemos creado una maraña legislativa, donde los más aptos y viles triunfan, y los derechos son ficciones que sólo se les respeta a los poderosos que con influencias y dinero resuelven sus problemas.
Acá, muchas veces, hay que sobornar o extorsionar miembros de algún tribunal para obtener ganancia de causa. Por eso, desde hace mucho, somos de los países más corruptos del mundo y el segundo en América a la hora de sobornar autoridades.
Los jueces señalan que todos los problemas del sector justicia se resuelven dando cumplimiento a la ley que les confiere un 2.66 por ciento del PIB, pero realmente no es tan simple como lo pintan. Ni el lobo es tan malo ni la capa de caperucita es tan roja.  Empecemos porque hay una nómina supranumeraria, con distorsiones de sueldos, concentrándose los mejores en los integrantes de las Cortes de Apelación y Suprema Corte de Justicia y su personal administrativo directo.
En el marco del Poder Judicial hay mucho desperdicio de dinero, ya que se invierten en cosas que no son prioritarias. Faltan muchos Palacios de Justicia por construir o reparar. Hay empleados que no saben lo que es un aumento de sueldo desde hace años.
Debemos, en justicia, decir que ese no es un mal único del Poder Judicial. El Estado Dominicano, salvo estamentos honrosos, manifiesta mal praxis en muchas cosas.
Debemos aspirar a una justicia funcional, una justicia efectiva que les llegue a todos, y que sea confiable. Debemos perseguir que los empleados del Estado entren por sus méritos a servirle a la ciudadanía.
Esto lo escribo a pocos días de una nueva huelga de jueces, muchos de los cuales conozco, y que son víctimas de un sistema que los maltrata y los convierte en cómplices de sus bellaquerías.
Deseo, pues, para concluir, que tratemos de trabajar para crear una sociedad que enorgullezca a nuestros descendientes, ya que nuestro deber, cosa que ya he señalado en otros artículos, es forjar un “mundo” mejor, donde tengamos una sociedad sin injusticias ni privilegios, como decía el eslogan de un líder político ya desaparecido.

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