En la obra “Cosas Añejas”, César
Nicolás Penson pone en la voz del Señor Rincón, el asesino del padre Canales,
cuando le preguntan en su juicio, que quien mató al Padre Canales, él respondió
La Justicia de Santo Domingo, ya que era culpable de varios homicidios.
Lamentablemente, desde ese
proceso legal, llevado en el siglo 19, hasta hoy, poco o nada se ha
avanzado. Hemos creado una maraña
legislativa, donde los más aptos y viles triunfan, y los derechos son ficciones
que sólo se les respeta a los poderosos que con influencias y dinero resuelven
sus problemas.
Acá, muchas veces, hay que
sobornar o extorsionar miembros de algún tribunal para obtener ganancia de
causa. Por eso, desde hace mucho, somos de los países más corruptos del mundo y
el segundo en América a la hora de sobornar autoridades.
Los jueces señalan que todos los
problemas del sector justicia se resuelven dando cumplimiento a la ley que les
confiere un 2.66 por ciento del PIB, pero realmente no es tan simple como lo
pintan. Ni el lobo es tan malo ni la capa de caperucita es tan roja. Empecemos porque hay una nómina
supranumeraria, con distorsiones de sueldos, concentrándose los mejores en los
integrantes de las Cortes de Apelación y Suprema Corte de Justicia y su
personal administrativo directo.
En el marco del Poder Judicial
hay mucho desperdicio de dinero, ya que se invierten en cosas que no son
prioritarias. Faltan muchos Palacios de Justicia por construir o reparar. Hay
empleados que no saben lo que es un aumento de sueldo desde hace años.
Debemos, en justicia, decir que
ese no es un mal único del Poder Judicial. El Estado Dominicano, salvo
estamentos honrosos, manifiesta mal praxis en muchas cosas.
Debemos aspirar a una justicia
funcional, una justicia efectiva que les llegue a todos, y que sea confiable.
Debemos perseguir que los empleados del Estado entren por sus méritos a
servirle a la ciudadanía.
Esto lo escribo a pocos días de
una nueva huelga de jueces, muchos de los cuales conozco, y que son víctimas de
un sistema que los maltrata y los convierte en cómplices de sus bellaquerías.
Deseo, pues, para concluir, que
tratemos de trabajar para crear una sociedad que enorgullezca a nuestros
descendientes, ya que nuestro deber, cosa que ya he señalado en otros
artículos, es forjar un “mundo” mejor, donde tengamos una sociedad sin injusticias
ni privilegios, como decía el eslogan de un líder político ya desaparecido.
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