Me ha pedido usted que le cuente sobre mi vida, la cual ha sido agitada y larga. Le complazco por que así podremos hablar de lo que ha sido nuestra sociedad en casi 90 años.
Nací en medio de carruajes tirados a caballos que transitaban por trillos imposibles. Uno hacía el recorrido de Santo Domingo a Santiago en dos largas semanas, semanas llenas de tribulaciones y peligros, y hoy día, con inventos como el vapor, el mundo es más pequeño y seguro, haciendo ese recorrido en pocos días.
Dicen que un alemán inventó una cosa llamada motor y pretende que sustituyamos nuestros caballos por un artilugio con asientos que va como el rayo. Una locura, pero el progreso lo puede todo, por lo que no me atrevo a descartarlo.
Otra cosa por la que deseo hablar es para hacer justicia. En este exilio que estoy padeciendo en Puerto Príncipe, he visto cómo se elevan santos a altares. Irreflexivamente se crean diariamente héroes que carecen de todo rastro de heroicidad, mientras que los verdaderos héroes quedan postrados en la pobreza y olvido.
Nadie habla de los fautores de la nacionalidad, un José María Valencia, de un Don Tomás de Portes e Infante, de Caminero. Ni hablar de Santana y de mí. Nos consideran seres deleznables y bajos sin entender que motivó nuestro actuar.
Mi generación protagonizó los cambios que nos hicieron pasar de colonia pobre a nación independiente y con deseos de progresar. Yo prohijé muchos de esos cambios, otros surgieron de mi inspiración y otros los apoyé, siempre y cuando no contravinieran con el orden público, la seguridad de la patria y el ideal de la misma que teníamos y aún tenemos para la patria.
Fui ministro varias veces, legislador, presidente brevemente, comerciante y, sobretodo, dominicano. No lo digo por vanidad. Una vez, quizá en mi juventud, lo haya sido, pero una vez se alcanzan honores y se detentan cargos y responsabilidades la excitación de los años mozos se sustituye por el tedio y la responsabilidad que involucra el manejo de la cosa pública, y más por casi 60 años como es mi caso.
Si deseo que me recuerden por algo es como un estadista. Sacrifiqué la paz de mi familia y mi seguridad muchas veces para construir un país bueno contando con lo que Dios y los hombres nos han legado, como dijo un argentino de apellido Mitre.
Yo soy político, abogado, escritor, padre de familia, consejero de muchos, gallero, masón, dominicano y según escuché, se me endilga el crear lo que se llama el pensamiento conservador dominicano.
Pero, aparte de todo eso, soy un hombre amante de mi lar nativo y antes de morir quiero volver, y que mis cenizas abonen la tierra que me nutrió y me hizo lo que soy.
Soy una persona amada por muchos, odiada por bastantes, pero respetada por todos, y por eso, yo, Tomás Bobadilla y Briones, antiguo Presidente de la República, senador y diputado, Ministro, Serenísimo Gran Comendador del Oriente Nacional, abogado y escritor, al cumplir 86 años de edad, deseo recordar mi agitada, turbulenta y animada vida.
I.
Lo primero que me viene a la mente es lo equitativo de la pobreza. Donde nací, Neyba, debido al mal manejo de las autoridades coloniales, no había diferencias entre ricos y pobres. Las casas todas eran de madera, las mejores tenían leves trazas de argamasa, pero todos usábamos los mismos harapos.
Todos comíamos la misma comida, esa cuyos olores se me quedaron grabados, una comida mucho más sana y sabrosa que la actual, donde las esencias de la bija, la cebolla y el recaíto creaban obras de arte culinarias.
Debo confesar que mi familia no era pobre. Los Bobadilla eran una familia de principalía. Estábamos relacionados con lo más granado de la sociedad colonial de Santo Domingo y Cuba. Oidores, funcionarios, sacerdotes, todos pasan por el árbol familiar, entremezclándose.
Mi padre, Vicente Bobadilla Amaral, era médico, razón por la que se fue ganando una fama, y eso aunado a las relaciones familiares logró que lo nombraran como director del Hospital del Convento de San Nicolás de Bari.
En lo referente a mi persona, nací el 30 de marzo de 1785, en medio de una familia patricia, que buscaba darles oportunidades de progreso a sus hijos, ya que después de mí nacen Petronila, María Mercedes, y José María.
Mi madre, doña Gregoria, era una mujer de temple y corazón excepcionales. Nos alfabetizó antes de remitirnos a alguno de los escasos Colegios, que eran un crisol donde se forjaba lo mejor de la juventud de aquel entonces, casi todos dirigidos por curas y siguiendo ese sistema escolástico que la cristiandad adoptó desde tiempos de Santo Tomás de Aquino.
En el Santo Domingo Colonial que conocí no existían muchas opciones disponibles para uno desarrollarse. Era una capital de frontera con unas diez mil almas a lo sumo, donde las únicas profesiones que garantizaban nombradía y no morirse de hambre eran la carrera eclesiástica, el comercio y la abogacía.
Antes de seguir con esta enumeración deseo recordar que la parte más externa de la ciudad era Navarijo, barrio comercial, algunos barrios obreros (San Antón, San Miguel con su cuesta), y ese barrio de comerciantes y quincalleros que se llama Santa Bárbara. El resto era la ciudad ovantina con sus murallas. Fuera de eso era campiña.
Volviendo a mi relato, debo explicarle por qué preferí el derecho. Primero, aunque respeto la Iglesia como institución, no soy un creyente pasivo, sino crítico de algunos dogmas. Conste, sin embargo, que algunos de mis grandes aliados fueron miembros del clero.
En ocasiones ejercí el comercio, ya que como le comentaré más adelante, diversas responsabilidades requirieron que yo produjese mayor cantidad de dinero. Pero, para serle plenamente sincero, elegí la tonsura del abogado por un sinnúmero de razones: 1) el abogado podía ejercer posiciones públicas; 2) Podía notarizar y registrarlo todo, además de ser juez. En esa época, por medio de un ejercicio inteligente más astucia, el cielo podía ser el límite para un letrado. Y, 3) daba poder y prestigio, y yo buscaba eso, el trascender y ser ente proveedor de mejorías a mi familia y mi sociedad. Es increíble, aún hoy, con 86 años cumplidos, pienso así.
Desde el principio empecé a postular y defender todo caso que llegaba a mis manos por ante la Real Audiencia. Llegué, eventualmente a dominar las técnicas de litigación de la época, lo cual lo uní al ejercicio de la notaría.
Quizá, incluso más que litigar me gustaba este último aspecto, la notaría, ya que quien era notario sabía todo lo que pasaba en esa ciudad de aire provinciano y adormecido que era la vetusta Santo Domingo.
Todo acto, desde un nacimiento hasta transacciones inmobiliarias pasaban por las manos de este amanuense especializado, que da visos de legalidad al negocio jurídico ya concluido. Y ahí hay dinero, y las informaciones y contactos que fui obteniendo valían dinero y algo mejor, mejores puestos, más influencia y fama.
Para esa época uno de los símbolos trascendentales de estatus social era formar parte de la masonería. Muchos parientes militaron en dicha sociedad secreta, y a través de un amigo, hacia 1809 o 1810 empiezo a concurrir a la tenida, la cual se celebraba o en el convento de los dominicos o en las bellas cuevas de Santa Ana.
Con la primera ubicación se daba la curiosidad, bastante jocosa de que el clérigo oficiaba misa, ofertando el infierno a los masones, llamándolos agentes de Satán en la Tierra y otras atrocidades más, y a la media hora, se quitaba los hábitos y con un humilde mandil de aprendiz asistía a los ritos conducidos según las Constituciones de Anderson y las reglas del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
Podrán considerarme sensiblero, pero aún me llega a la memoria cómo conmovía a todos escuchar en todo quedo de nuestro instructor, y entre las penumbras de las luces de las velas, ese bello salmo 132, cantado en latín. Aún me conmueve cuando recuerdo esas primeras tenidas, donde lo que se buscaba era crecer espiritualmente, y ya.
La letra, que no se me olvida, era ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum, sicut unguentum in capite quod descendit in barbam barbam Aaron quod descendit in ora vestimenti ejus , sicut ros Hermon qui descendit in montes Sion quoniam illic mandavit Dominus benedictionem et vitam usque in sæculum, o lo que es lo mismo, Ved qué hermosura y qué felicidad el que los hermanos vivan siempre unidos, Es como un perfume fino en la cabeza, que baja por la barba, por la barba de Aarón, y llega hasta la orla de su manto, Es como el rocío del Hermón que baja por las montañas de Sión. Allí manda el Señor la bendición, la vida para siempre.
En ese entonces, a diferencia de hoy día, donde cualquiera puede aspirar al puesto que guste, las posiciones en el aparato estatal estaban vedadas para los criollos, a menos que pudieran hacer el famoso testimonio de la prueba de sangre, un proceso tedioso, de manera oral y documental, donde había que demostrar que ningún antepasado tenía sangre judía, mora, india o negra. Si se tenía, sin importar su capacidad intelectual o sus ganas de servir a la Corona, se le dejaba afuera.
Muchas familias se desesperaban ante este procedimiento y se llegaron a dar casos de intentos de invención de antepasados rimbombantes y tratar de alterar datos y hechos. Pero siempre fracasaban esos intentos ante ese jurado de hombres de rostro enjuto, frío, que en ese momento jugaban a Dios con tu destino económico y profesional.
Por suerte, en mi familia no hubo mezclas raciales y me ayudó que en mi infancia, en un gran incendio acaecido hacia 1795, se destruyesen los archivos y registros de Neyba. Gracias a esa suerte que siempre me ha acompañado, pude ser Secretario y Notario del Arzobispado.
Posteriormente, el Gobernador Pascual Real, que era bastante liberal, fundó la logia simbólica Philantropia, siendo Tesorero de la logia, Escribano Público y Notario Mayor del Arzobispo Valera y Jiménez, y como si fuere poco, en 1820 gané las plazas de regidor y síndico de la Atenas del Nuevo Mundo. Y aún no tenía 25 años.
Por eso, cuando me preguntó que si soy vanidoso, le contesto con sinceridad: Lo fui. Quien como yo ha podido narcotizarse con el poder y conocerlo, con el tiempo, empieza a comprender la vacuidad y banalidad de todo, y donde la euforia reinaba los primeros días campea luego la decepción y el hastío.
Se me acusa de ser frío y calculador, y quizá se pueda estar de acuerdo con el segundo de los epítetos, pero no soy frío. Soy vehementemente pasional. La lucha por el poder despertaba en mí instintos primitivos, atávicos, donde se luchaba a vencer o morir, y todo lo he hecho de esa manera. Mis relaciones con mis mujeres, que ese es otro tema, es un ejemplo de esa pasión que le impregné a todo mi actuar.
Eso si, siempre creí en apostarle a la baza ganadora. La historia nunca recuerda al perdedor, por noble que sea. Por eso, uno debe hacer sacrificios de conciencia por permanecer en la lucha por el poder. La idea defendida histéricamente hoy, debe ser atacada de igual forma mañana si ya no conviene seguir sustentando su defensa.
Cuando mi jefe jerárquico en el gobierno colonial, el Licenciado José Núñez de Cáceres y otros criollos miembros del gobierno colonial logran la expulsión del gobernador y declaran en diciembre de 1821 el nacimiento del Haití Español, yo sabía que nos dirigíamos a un despeñadero espantoso. La base de sustentación del Gobierno Cáceres fue escasa y este no tuvo la visión de prometer la abolición de la esclavitud, que le hubiese garantizado un mayor apoyo social.
Por eso, muchas personas lo traicionaron y llamaron a Jean Pierre Boyer, presidente haitiano, quien en su caballo blanco anduvo muy gallardo por las calles coloniales y recibe del derrotado Núñez de Cáceres las llaves de la ciudad, lo cual fue la última humillación que este gran hombre tuvo que soportar antes de irse a México. Luego me enteré que fue gobernador de un estado allá. Da vergüenza, pero en México lo valoraron más que en su propio país.
En ese breve período se me nombró oficial primero de la Tesorería del Estado.
Luego le contaré de mis empleos en otro momento. Por hoy, Saviñón, descansemos.
II. Como le prometí, le relato de mi participación activa en la vida pública. Tras el descalabro del gobierno núñezcacerista, los haitianos requerían de criollos sabedores de leyes y de francés, razón por la cual, yo entre otros, fuimos nombrados en la Comisión de Gobierno, impulsada por Maximilien de Borgellá, quien para la fecha era el gobernador haitiano de la ciudad de Santo Domingo.
Sobre él puedo acotar que, aunque era cortés y correcto con mi persona, abusó muchas veces de su trato. Por ello, luego, las turbas del 27 de febrero lo desconsideraron. Sembró vientos, y, eventualmente, cosechó tempestades.
Una de esas grandes oportunidades que me ofrecieron fue formar parte de una comisión que debía ir a Puerto Príncipe para proponer cambios en el sistema educativo, y luego se me nombró fiscal del Seybo, una de las ciudades más ricas del país y sede de esa nobleza mantuana y ultraconservadora que eran los hateros.
No podemos decir que todos los dominicanos aceptasen de buena gana el formar parte de la nación haitiana. Aún estaban frescos en el recuerdo colectivo los atropellos sufridos de manos de las soldadescas de Dessalines y de Louverture, la quema de iglesias, la violación de mujeres, entre otras salvajadas, pero la mayor afrenta era que Haití quería borrar todo remanente hispánico en la parte este, incluyendo la destrucción de blasones y la prohibición del uso del español en correspondencia y operaciones gubernamentales, así como en lo educativo, lo que impulsó diversas conjuras, exacerbadas por este mal manejo.
En ésa época, en una casa de la calle Las Mercedes, se instala la logia Constante Unión, bajo la presidencia de la Gran Cámara Simbólica de Haití, siendo yo su venerable maestro Tomás Bobadilla y Briones. En esa bella casona se fundó luego la logia Libertad N.9.
Para 1824 se me nombra Comisario de Gobierno (Procurador fiscal a nombre del Gobierno Haitiano) y una de las primeras situaciones que tengo que abordar es la conjura de Los Alcarrizos.
Este movimiento revolucionario estaba encabezado por Baltazar de Nova y Antonino González. Otros participantes principales eran: el Presbítero Pedro González, cura de Los Alcarrizos, de donde tomó nombre la conspiración; Lázaro Núñez y José María de Altagracia, capitanes de la guardia nacional; Facundo de Medina, Lico Andújar, Dr. Juan Vicente Moscoso, quien había tomado parte en el movimiento emancipador del 1821 (la Independencia Efímera), y Juan Jimenes (padre de Manuel Jimenes, quien sería el segundo Presidente del país), quien se comprometió a reunir personas de las cercanías del poblado de San Carlos .
El 25 de febrero de 1824 se reunieron, anticipadamente, en San Carlos y en Los Caimitos hombres provenientes de La Venta (ubicado entre Manoguayabo y Los Alcarrizos). Estaban esperando a compañeros provenientes de Los Alcarrizos y El Higüero cuando fueron apresados por el Gobernador Borgellá quien, al mando de 200 hombres, salió de Santo Domingo para dirigir personalmente la operación.
Todos los conspiradores principales fueron apresados, con excepción de cinco de ellos, entre los cuales se encontraban los cabecillas Antonino (o Antonio) González y Baltazar de Nova. Este último pudo embarcarse subrepticiamente hacia Venezuela.
Los apresados fueron Lázaro Núñez, José María de Altagracia, Facundo de Medina y Juan Jimenes, quienes habían sido sorprendidos en actitud que no dejaba dudas respecto a su propósito de iniciar una sublevación contra el gobierno.
Además fueron apresados, José Gertrudis Brea, capitán de la Guardia Nacional de Santo Domingo; Manuel Gil, gendarme; Sebastián Sánchez, José María González, que tenía a su cargo la imprenta del Gobierno; José María Pérez, encargado del almacén del Estado; el comerciante Juan Cerrá, el doctor Juan Vicente Moscoso y su hermano Esteban; el cura de Los Alcarrizos Pedro González, Ignacio Suárez, José Ramón Cabral; José María García, Subteniente de la Guardia Nacional de Los Alcarrizos; José Figueredo y José María Aguirré.
Todos los prisioneros fueron sometidos a la justicia inmediatamente. El tribunal civil que juzgó en Santo Domingo a los acusados estaba integrado por José Joaquín Delmonte, Presidente, y los Magistrados Vicente del Rosario, Raymundo Sepúlveda, Vicente Mancebo y Juan Bautista Daniel Morette.
Me tocó el odioso trabajo de acusar estos compatriotas. Terminado el análisis de las pruebas, formulé mis acusaciones en términos severos. Dividí en grupo a los procesados: primero, los que estaban confabulados con Baltazar de Nova -a quien declaró principal promotor de la rebelión-, y que empezaron a reunir gente para poner en práctica el proyecto; después, los que habían prestado de algún otro modo su concurso para el fin de la sublevación proyectada; en tercer lugar, los que estaban enterados de la confabulación, pero no pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, aunque tampoco llegaron a realizar actos externos que hicieran efectiva su participación en la ejecución del proyecto; y por último, aquellos contra los cuales no había pruebas suficientes para considerarlos como cómplices, a pesar de que sobre ellos pesaban fuertes indicios de culpabilidad.
Para los primeros pedí la pena de muerte; para los demás diversas penas, escalonadas en proporción a la magnitud de su culpa. Los defensores, Juan de Dios Correa Cruzado y José Troncoso, hicieron enérgicos y desesperados alegatos en favor de los acusados, si bien estaban convencidos de la inutilidad de ese esfuerzo.
El tribunal se retiró a deliberar en la tarde del 8 de marzo y ya entrada la noche dio a conocer su sentencia, por medio de la cual se condenaba a Lázaro Núñez, José María de Altagracia, Facundo de Medina y Juan Jimenes a la pena de muerte; al presbítero Pedro González, Ignacio Suárez, José Ramón Cabral y José Figueredo, a la de cinco años de prisión; a José María González, Sebastián Sánchez, José María García, Manuel Gil, José María Pérez y Esteban Moscoso, a la de dos años de encarcelamiento; y decretó la libertad del doctor Juan Vicente Moscoso, Juan Cerrá, José Gertrudis Brea y José Aguirré, por falta de pruebas suficientes respecto a la complicidad que pudieran haber tenido en el delito, pero, a la vez los puso a disposición y bajo la vigilancia del gobierno, en vista de las graves sospechas que sobre ellos recaían. Baltazar de Nova y Antonino González fueron condenados a muerte en contumancia, pero nunca pudieron ser apresados.
Los cuatro reos de muerte entraron en capilla en la mañana del día nueve. En vano sus defensores intentaron establecer recurso de casación contra el fallo: les fue denegado, previo dictamen del comisario del gobierno, pues la sentencia misma establecía que era ineludible ejecutarla, aunque se interpusiera contra ella cualquier recurso, para que este escarmiento y el temor de la pena contenga dentro de los límites de su debe a los que no basta para persuadirlos el conocimiento del pacto social y los vínculos que de él resultan.
Las gestiones que se hicieron ante Borgellá para obtener, por lo menos, el aplazamiento de la ejecución, a fin de dar tiempo a pedir clemencia al Presidente Boyer, fueron también inútiles. La sentencia se ejecutó y los cuatro condenados principales fueron fusilados en la tarde del siguiente día, 9 de marzo, junto al Fuerte de San Gil.
Lo que nadie sabía era que entre los implicados estaba un primo lejano, Miguel Bobadilla Lugo, quien era hijo de un hermano de mi bisabuelo, pero que lo conocíamos y apreciábamos.
Recuerde que aún se manejaba el concepto de gens familiæ como en la Roma Antigua. Mi pariente, al momento de la acusación, era Comerciante en maderas y propietario del corte de las Cuchillas.
Gracias a Dios no aparecieron pruebas en su contra. Ese caso lo recuerdo con gran dolor, ya que tuve que condenar amigos, y ese es el trabajo más infame y odioso que pueda existir.
La facción proespañola de la población logró que el Plenipotenciario español Felipe Dávila Fernández solicitare a los haitianos la devolución de la antigua colonia española.
La respuesta gubernamental fue dada en un artículo periodístico escrito por un servidor, en fecha 3 de junio de 1830, donde yo analizaba cómo España nos había abandonado y por ello y otras razones le negaban a España su título histórico sobre la parte este y afirmaba que Haití era la detentadora y dueña legítima de todo lo que ocupare.
Yo obtuve, por parte del gobierno Boyerista, que se reconocieran los derechos comuneros y evitando una capitación por cada millar de pies de caoba que se iba a aplicar, lo que acrecentó su fama entre los madereros, sector importante dado que la economía de la antigua parte española estaba cimentada en la madera, la caña de azúcar y el ganado.
Sobre un tema muy importante que no he tratado aún, mis mujeres, debo señalar algo: nunca las entendí, pero siempre me desviví por ellas.
Me fascinaba el juego de la seducción desde pequeño. Una mirada picara que genera otras, y cómo al final de todo, en un túmulo no hay cargos ni niveles sociales, sino un hombre y una mujer unidos en el juego del amor. Cómo dos seres se vuelven uno y hay reciprocidad de afectos, caricias, besos y ternuras, las cuales se imponen sobre todo, me resulta mágico. Sí, aunque parezca increíble, tengo un lado romántico.
Casi todas mis mujeres eran de ascendencia francesa, Magdalena Herben, con quien tuve una niña, Gregoria Justina, la que me ha visitado varias veces en mi exilio. ¡Cuánto se parece a su madre, con sus mismos dulces ojos azules y su blonda cabellera domada por esa lazo verde que le da forma a su coleta!
Pero quien me robó el corazón, aunque nunca se lo dije, fue María Desmier D’Olbreusse Allard. Cuando la conocí, ella era dos veces viuda, soberbiamente bella, rubia, de risa fácil, de piel nacarada, de temperamento más fuerte que el mío, pero extraordinariamente encantadora. Fue un flechazo inevitable. No sé quien cayó primero ante las saetas de Eros, pero pronto, una comunidad espiritual y carnal nos hizo un solo cuerpo.
Sé que hice sufrir mucho a La Madame, como le llamaba, y que por eso finalmente me dejó en 1845 tras casarnos en 1832. Eso es algo que no podré perdonarme jamás. La pobre nunca comprendió mi estilo de vida, ni mi afán por el poder, y eso nos fue alejando progresivamente.
Físicamente, mis hijos son más franceses e hijos de su madre que dominicanos y míos, ya que son blancos como la leche. Las hembras: María del Carmen Leonor, María Vicenta y mi querida Clemencia son iguales a su madre, mujeres decididas, bellas y fajadoras.
Mis hijos, Carlos Tomás, quien está acompañándome en este exilio, Gerardo y José María, son trabajadores y un tanto dicharacheros. Les gustan las mujeres y los tragos, aunque de mis hijos, Carlos Tomás me inspira y preocupa. Es muy responsable e inteligente, su inteligencia echa destellos de manera constante. Por el otro lado, todo se lo toma a pecho y últimamente no anda bien de salud y de ánimo, ya que se deprime con facilidad, pero espero que al yo faltar, que sé que será dentro de poco tiempo, sea el timón del familión que dejo en mi partida de esta tierra.
Alguien una vez me mostró el escudo de armas de los Bobadilla. Un castillo en llamas y unas águilas a punto de remontar vuelo. Y siento que va conmigo. Soy como un castillo de piedra que ha sabido resistir temporales, crisis, motines y guerras, quedándome incólume, siendo lo único permanente en medio de la vorágine que me tocó vivr, y fui ambicioso, por lo que me puse altas metas, y como el águila volé alto, ya que sólo arriesgando mucho se puede ganar bastante.
III.-
-¿Desea usted café o té de jengibre? Me pregunta Don Tomás al llegar a su casa.
-Un té, por favor.
Tras libarnos en esa sustancia tan maravillosa, retomamos nuestra conversación.
Don Tomás me dice: Como le contaba en la última reunión que sostuvimos, por una serie de malos manejos por parte de las autoridades haitianas, empezaron movimientos en contra de la ocupación encabezados por los sectores ricos de la población, entre los que se destaca La Trinitaria, una organización secreta creada con el fin de crear un estado independiente de toda dominación extranjera, encabezada por un joven llamado Juan Pablo Duarte.
Recuerdo al señor Duarte como un joven encantador, de buenas facciones (cabello arrubiado, ojos claros, nariz recta y elegante) y familia, pero taimado y desleal. Quizá me pregunta el porqué de mi descripción.
Una de mis sobrinas queridas, María Antonia, se enamora de este joven y llegaron a comprometerse y poco antes de la boda la abandona, sin darnos una razón, aunque se dice que ya se había enamorado de Prudencia Lluberes, otra novia que tuvo y otra a la que le rompió el corazón. Mi sobrina, por suerte, superó su trauma y casó posteriormente, mientras que la señorita Lluberes sigue esperando a Duarte y públicamente mantiene la imagen de pureza que ella cree que él personifica. ¡Pobrecilla!.
Esto que le he revelado es la causa por la que nunca soporté a Duarte y por qué lo destruí políticamente, bueno, por eso y por que lo que preconizaba y simbolizaba atentaba contra toda lógica y sentido.
En ese momento la parte oriental no llegaba a ciento cincuenta mil habitantes en casi cincuenta y cinco mil kilómetros cuadrados. La economía estaba hecha añicos y las pocas condiciones de éxito de una empresa insurreccional, sin contar los problemas a los que estarían inmersos un gobierno surgido de una coyuntura similar, por lo que mi sector, los conservadores, consideraba que la salida viable era un protectorado a una potencia colonial de la época, fuere España, Francia o Inglaterra.
Las diferencias entre los trinitarios y nosotros se aceleran con el levantamiento de Praslin de 1843, donde los liberales haitianos empiezan una campaña que derroca a Jean Pierre Boyer.
Los trinitarios deciden apoyar al nuevo régimen de Hérard, surgido de la insurrección antiboyerista haitiana, para tratar de hacer viable la independencia mas adelante, estimando este gobierno más débil que el de Jean Pierre Boyer, mientras los conservadores empezaron una serie de reuniones con Eustache de Juchereau de Saint Denis, cónsul francés, quien hizo empatía con un servidor, su compañero de logia y hermano masón.
Deseo puntualizar algo antes de proseguir en el análisis: Todos los líderes destacados de bandos enfrentados en esa época eran masones: Bobadilla, Santana, Duarte (a este lo apadriné en la masonería), Borgellá, Saint Denis. Esto será importante para analizar el papel de muchos de nuestros prohombres de la independencia.
Nunca quise ni siquiera relacionarme con los trinitarios. A mi entender, eran jóvenes revoltosos e idealistas que creían poder imponerse con sueños y poco más a un ejército profesional y bien avituallado como era el ejército haitiano de aquella época. Creo que he establecido claro que el señor Duarte no era de mi agrado, un hombre sin palabra, un poeta soñador y comerciante que creía indigno para liderar cualquier revuelta que culminase con éxito, y demás está decir que sus seguidores los consideraba gamberros y anarquistas de la peor clase.
En diciembre de 1843, se firma con Levasseur, Cónsul General francés, el famoso Plan Levasseur, en el cual a cambio de ceder la Península de Samaná, Francia debía nombrar un Gobernador General y suministrar vituallas y aprovisionar al ejército que se formare en esta parte de la isla para repeler cualquier agresión haitiana, el gran temor de los criollos, recordando las tropelías y abusos de Toussaint Louverture en 1801 y Dessalines en 1805.
Esta es una de las razones por la que nuestra nacionalidad fue configurada como una nacionalidad antihaitiana, o la negación de la haitiana, mientras se prestigiaban nuestras tradiciones hispánicas.
Mi sector, los conservadores, empiezan a negociar tanto con los liberales como con Francia, haciendo doble juego a los Trinitarios, quienes creían que su proyecto estaba bien encaminado.
Pocos meses antes de la independencia se efectúa una reunión entre algunos jerarcas de ambos bandos, en casa de Caminero, donde participé, y de la cual los liberales creyeron poder contar con el apoyo de los miembros mas prestantes del conservadurismo criollo. La verdad es que no podían estar más equivocados.
El 26 de febrero, orquestado por las tropas del hatero Pedro Santana Familia, se declara la “independencia” en Hato Mayor del Rey.
En la ciudad de Santo Domingo cundía una tensión y emociones a granel. Una atmósfera eléctrica y cargada presagiaba que algún evento de importancia sacudiría la modorra de la provinciana Santo Domingo.
Yo, personalmente, con mi compañero de logia Borgellá, junto a Saint Denis, quien ya era cónsul, empezamos a negociar la capitulación de la plaza de Santo Domingo, hasta que el día 28, en medio de la algazara popular, se me hace formal entrega de la llave, quedando la capital de la futura nación dominicana en manos de los rebeldes sin dispararse un tiro, o bueno, un trabucazo.
Muchos dirán que esto contradice la versión tradicional de la independencia, es decir, el trabucazo y todo lo demás hechos que conforman la base de la dominicanidad como identidad y como realidad sociopolítica.
No niego que los trinitarios ayudaron a la causa, al adelantar los acontecimientos, pero realmente la acción militar que ellos encabezaron terminó complementando nuestras gestiones diplomáticas.
Gracias a mis rejuegos y deslealtades, yo, Tomás Bobadilla, soy el primer jefe de gobierno y, aunque no se quiere reconocer, nuestro primer presidente.
En dicho levantamiento es bueno señalar que pocos elementos populares formaron parte del mismo, ese elemento popular que derramó su sangre durante doce años, asegurando la independencia y cimentando la base real de la dominicanidad.
Los trinitarios habían pactado la conformación de un gobierno conocido como la Junta Central Gubernativa con los sectores conservadores, a los que dan un golpe de estado en junio de 1844, al reaccionar ante la realidad del Plan Levasseur, es decir, ser colonia francesa y tolerar la ocupación de la península de Samaná por parte de Francia, el cual estaba empezando a implementarse.
Tras el golpe de estado dado por el general Pedro Santana, yo devine en el poder detrás del trono. Este período se ve coronado al ser nombrado Secretario de Estado de Justicia, Instrucción Pública, y Relaciones Exteriores, siendo yo entre los conservadores de este gobierno el de pensamiento más depurado y el hombre de la experiencia de Estado, el estadista.
Me cuentan que en América Latina sólo hubo un político que tuvo, al igual que yo un triministerio, que fue Diego Portales de Chile, pero a diferencia de ese, que se hizo odiar, yo recibí el reconocimiento de un país que comprendió que yo era la garantía de la paz social de la nación.
IV. Tras haber recuperado el poder los conservadores y designado como presidente provisional al General pedro Santana, uno de mis grandes aliados, me convertí en “Ministro Universal” ocupando las carteras de Ministro de Justicia e Instrucción Pública, Interior y Policía y, brevemente la del Ministerio de Asuntos Exteriores, puestos que desempeñé con eficiencia destruyendo los elementos subversivos duartianos.
En este 1844 plagado de acontecimientos de toda índole, se da un momento sublime, pasado por alto en todo su valor por muchos cronistas, quienes tendieron a minimizarlo, me refiero a la redacción de la Constitución de San Cristóbal. Nebrija, al presentar ante los Reyes Católicos su Gramática, señaló que “La Lengua es Imperio”.
Me atrevo a señalar que el constituyente otoñal de 1844 creó un texto que movilizó las emociones desbordadas de la época, galvanizó los sueños de la población y le confirió forma humana, jurídica y severa al país en ciernes.
Con la constitución de San Cristóbal el idioma español, la religión católica, la hispanidad, y en suma, el alma misma del dominicano, se movilizó raudamente al frente de batalla.
Los trabajos, tras la elección de los constituyentes, se inician con el momento en que un servidor, un varón experto de 59 años, se transforma de un funcionario reseco a un filósofo constitucionalista.
Mi discurso de apertura de trabajos, pronunciado el 24 de Septiembre de 1844, fue solemne y elegante. Viéndolo en retrospectiva, 1844 fue el mejor año de mi vida.
Aparte, el 26 de ese mes, yo, acotando en otra alocución citando una máxima de Vatel, gran jurisconsulto francés: “La Constitución del Estado decide de su perfección y aptitud para llenar los fines de la sociedad y por consiguiente el interés mayor de una nación que forma una sociedad política, y su primer y mas importante deber para consigo misma, es elegir la mejor Constitución posible, y que más convenga a las circunstancias. Cuando elige, establece los fundamentos de su conservación, de su salud, de su perfección y de su felicidad; y nunca será excesivo el cuidado que emplee para que sean sólidos estos fundamentos”.
Ese discurso del 26 de septiembre de 1844, dicho ante la Asamblea Constituyente de San Cristóbal, es una clase de estilo, de historia, de política y donde se explicó que “la moderación y, en fin, la gloria de la nación, que debe consistir en la brillante ventaja que la atraiga a consideración de los demás pueblos”.
Este discurso es famoso, desgraciadamente, por ser la primera vez que yo tuve que mencionar a Duarte, al que me referí como un joven revoltoso, sin experiencia y que en vez de trabajar en pro de la patria la había sometido a peligros e infortunios voluntariamente.
Sucede algo extraño con la masonería dominicana en esta etapa. Al caer la dominación haitiana, en vez de constituirse bajo un nuevo oriente independiente del haitiano, se cierran sus puertas por algunos años, hasta que Pedro Santana permite que se reinstaure la masonería, tema que le explicaré con más detalle posteriormente.
Se destacan, entre la infinidad de hechos de aquel entonces, el decreto del 22 de agosto de 1844, con la cual se declaran traidores a la patria a Juan Pablo Duarte, a Ramón Mella, Francisco Sanches y se les condena a destierro perpetuo, una retaliación fortísima por el golpe de estado dado contra mi persona en julio y para acabar con la amenaza potencial de una candidatura de ese falso y conjuro de Duarte, que estaba siendo receptor de los afectos de las regiones cibaeñas.
Mucho se ha hablado del artículo 210 de la Constitución de San Cristóbal. De cómo esta disposición permitió un desaforado autoritarismo y como ese artículo ha devenido en una retranca institucional, pero debemos recordar que, en ese momento, quienes detentaban el poder no creían en la capacidad del naciente estado dominicano de resistir los embates del ejército haitiano sin devenir en una provincia ultramarina de alguna potencia colonial.
Por ello, y como un ejercicio de pragmatismo, yo lo solicito a la Asamblea Constituyente, donde recibo la rechifla general, sobretodo de un mulato de nombre Buenaventura Báez, diputado por Azua, y luego mi gran enemigo personal, pero luego los cañoneros de Santana se impusieron a esa banda de abogadotes y curas molestos, teniendo dichos asambleístas que aceptar sin rechistar el texto que les propuse.
No sé si sabe, Saviñón, que no existe odio más enconado que entre seres que en esencia se parecen. Ambos fuimos aves de un mismo plumaje: tercos, obstinados, sagaces, duros.
Pero teníamos distintas formaciones y talentos. Santana era el genio militar inescrupuloso y autoritario que resolvía las situaciones a golpe de bayoneta, o por medio de amenazas dichas abierta y groseramente.
Yo, por el contrario, era digno representante de esa escuela de Mirabeau, Talleyrand y Fouché, una persona muy educada, intrigante, ambicioso sin vanidad que sabía enamorar, ofertar y amenazar de manera efectiva usando su arma más poderosa, su mente prodigiosa. Se necesitaban y complementaban. Santana necesitaba un cerebro y yo necesitaba una espada.
Todo transcurrió feliz y apaciblemente durante el período noviembre 1844 a febrero 1846, cuando detenté el triministerio al ocupar las funciones de Secretario de Justicia, Instrucción Pública y Relaciones Exteriores.
En todas las relaciones humanas, la méfiance, como bien llaman los franceses a la desconfianza, socava cualquier sentimiento de bonhomía hacia el otro.
Pero, en ése período, parecido a como le sucedió al Cid con Alfonso VI, un grupo de “mixtadores”, es decir, enemigos jurados de un servidor empezaron a sembrar cizaña entre Santana y yo.
Normalmente las enemistades no poseen fecha, pero ésta si. El quiebre se da cuando en febrero de 1846 aparecen seis buques de guerra dirigidos por el coronel Pablo Llanes con instrucciones de apoyar una potencial anexión. Un desacuerdo forjado en el mutuo desprecio hizo que no nos convirtiéramos en provincia ultramarina española, pero provocó que a mediados de abril de ese año Santana me sustituyera por el Presbítero Manuel María Valencia.
Decidí luchar, y en contra de todo pronóstico salí electo como Tribuno por Santo Domingo, donde conspiré abiertamente contra el Poder Ejecutivo, razón por la cual se pedía la renuncia de mi curul o del gobierno en pleno.
Trataron de arrestarme, pero a golpe de pistola les hice respetar mis fueros legislativos, pero tuve que ir al destierro y por eso, el 12 de junio de 1847, yo, el Gran Bobadilla, Primer Presidente, triministro nacional, tiene que ir al destierro en Saint Thomas.
Cuando Santana renuncia y le da paso a Jimenes, este solicita mis servicios. Este hombre era noble, inteligente, bien educado, pero devino en un pésimo presidente, razón por la que Santana sitia la capital, amenazando a reducirla a sangre y fuego.
Sólo un hombre sabe como actuar, el único carente de moral, el oportunista nato: yo. Ya el gobierno acusa una descomposición notable, y yo me encargue de ponerle a ese muerto los últimos clavos en el ataúd. La reconciliación entre ambos, el general déspota y el funcionario amoral de sangre fría, como tantas veces me han descrito, se sella con el derrocamiento de Jimenes.
V.
El primer gobierno de Buenaventura Baéz, inaugurado en 1851, me ofreció la oportunidad de seguir cerca del centro de poder y decisión. Me ofertaron la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, en virtud a mi capacidad como abogado y a mi dilatada experiencia y, luego en 1854, gané la presidencia del Senado. En ese momento sólo Santana poseía mayor importancia política que yo, y por ello le rendí un homenaje al gran general en para congratular al vencedor ante un nuevo intento de la soldadesca haitiana de ahogar en sangre el derecho a la autodeterminación del pueblo dominicano.
Algunos de los actos legislativos más importantes de estos años fueron la ley 377 del de 9 de mayo de 1855, que fue el tratado de reconocimiento, paz, amistad, comercio, navegación y extradición entre la República Dominicana y Su Majestad Católica, así como la ley 387 sobre organización judicial del 19 de mayo de 1855, la 388, que crea una cámara de cuentas, de fecha 22 de mayo de 1855, la ley 395 de 18 de junio de 1855 sobre patentes, así como un tratado de paz, comercio, navegación y extradición con EEUU.
Tras la caída de Báez, por su mal manejo de la economía, y cómo resultado de esa revolución que hizo de Santiago capital de la nación, Santana vuelve al poder, lo cual me convino.
Para estos años, finalmente, los masones de diversas partes del país me solicitan la creación de un Oriente Nacional Dominicano, por lo que gestioné ante Santana, nuevamente presidente, la creación de la Gran Logia Nacional en donde hoy está la Benemérita y Respetada Logia Cuna de América No.2, siendo esa fecha, el 3 de octubre de 1858, la fecha de fundación del oriente dominicano.
Pronuncié un discurso que devino famoso, el pronunciado en fecha 11 de diciembre de 1858, que fue una lección de metafísica, de fe y de conocimientos masónicos y esotéricos, donde reconocí que la voz de Dios se manifiesta por la naturaleza y que los masones deben unirse con el resto de la sociedad para crear Estados más fuertes.
Siempre ha sido motivo de mofa en mi contra que en 1859, siendo yo nuevamente el presidente del Senado Consultor en 1859, Santana, quien tiene avanzadas las gestiones de la anexión, ha de entrevistarse con Antonio Peláez de Campomanes, segundo cabo de la Capitanía General de Cuba, y yo le comenté mi preocupación de que cayese en un gancho. Es en esa reunión donde se termina de decidir la anexión.
Como los españoles necesitaban servidoires capaces, me nombraron magistrado de la Real Audiencia, traduje con José María Varela el Código Civil Francés en 1862 y por medio de una real orden se me habilita para el ejercicio de la abogacía. Todos, amigos y contrarios, reconocían el tesón y energía propios de la juventud en este hombre de edad tan provecta.
Pero, yo, a pesar de los mimos y deferencia de la Reina Isabel II, no acepté algunas mercedes ofertadas a mi persona, incluyendo el título de marqués, por que me dí cuenta ya en 1863 que España saldría mal parada de esta aventura imperialista concebida por Santana y O Donnel.
Por su parte decidí como defensa el bajo perfil y el silencio. Tras la caída del régimen de Robespierre en Francia, le preguntan a Sieyes, gran estadista francés, cual había sido su gran logro en esos largos meses. Y él, sabio como pocos, dijo: J`ai veçu (he vivido).
Y esa misma apuesta al futuro hice, ya que es mejor salvar la vida que perderlo todo por aferrarse a algo que estaba irremediablemente perdido.
VI- Los Años crepusculares
Le confieso, Saviñón, que pensé que no me escapaba de la prisión Ya estaba haciéndome la idea de pasar una temporada en la Torre del Homenaje, pero el gobierno rebelde o restaurador no querían aprehenderme ni humillarme, sino usar mis buenos oficios para los grandes proyectos que ellos consideraban que necesitaba la patria. Por eso, siempre he sostenido que tuve una suerte loca en ese momento. De virtualmente preso a coqueteado por todos como la niña linda de la fiesta.
Tras la disolución sufrida por la anexión, los masones del país acuden nuevamente donde mi, ya que era el Serenísimo Gran Comendador Ad Vitam , y fui yo, junto a algunos otros hermanos masones quienes restablecimos el Gran Oriente Nacional de la República Dominicana el 17 de febrero de 1866, junto a otros hermanos masones reestablece el Gran Oriente Nacional de la República Dominicana.
Báez, figura dominante de la política dominicana postsantana me nombra como presidente del Senado Consultor, y al caer el gobierno baecista formé parte del Triunvirato que lo sustituye, siendo yo nombrado el encargado de la comisión de instrucción Pública, interviniendo además en consejos de gobierno y participando en la comisión que corrigió la traducción del Código Francés hecha por Bobea y Carlos Nouel, su cuñado.
Fui uno de los padres del Partido azul, ya que muchos santanistas se fueron uniendo a los nacientes sectores liberales bajo la égida del General José María Cabral, y luego de los 6 años de Báez, bajo la figura de Luperón, de Espaillat, de Meriño, entre otros.
Mi caída en desgracia fue en el nuevo gobierno de Báez que empezó en 1868, y devine, ora por mi antibaecismo o por una nueva concepción de las cosas, en el referente y mentor de los opositores de Báez.
Uno de los últimos actos que me tocó cumplir recientemente fue una carta enviada al senador Charles Sumners, donde rechazaba el proyecto de anexión a Estados Unidos y justificaba la anexión a España, basándome en una identidad de lengua, raza y fé.
Le comenté que me gusta el escudo de los Bobadilla por ese castillo inamovible, firme, pero no es mi realidad. Ya soy un castillo en ruinas, con los largos salones de una vida agitada progresivamente vacías, pero muero feliz.
Muero feliz por que sé que he dejado un testimonio, una zapata sobre la cual mi Estado y mi República podrán perfeccionarse cada día y traer progreso a sus habitantes.
Quizá muera en Haití, en este cuartito donde me conoció, pero mi corazón nunca dejó el páramo seco de mi sur nativo, las casas de piedra de la ciudad de Santo Domingo y los bellos tonos de verde que jaspean las montañas, especialmente en el Cibao. A veces, que es una de las pocas satisfacciones que me quedan, cierro los ojos y rememoro mi larga, agitada y productiva vida.
VII.- NOTA NECROLOGICA (Como pudo haber figurado en periódicos locales)
Puerto Príncipe- Ha muerto Don Tomás Bobadilla y Briones el 21 de diciembre de 1871 en esta ciudad Puerto Príncipe, Haití, donde tenía su domicilio desde hace algunos meses, de causas desconocidas. Ya se encontraba muy enfermo y debilitado por varios males propios de su avanzada edad. El egregio político, estadista y funcionario público de casi 87 años ha recibido los honores públicos póstumamente de República Dominicana y Haití.
La masonería dominicana le hizo una tenida solemne por el hecho de su fallecimiento, el cual merecía por haber sido Supremo Gran Comendador de la Orden.
Deja en la orfandad a 4 hijos y 4 hijas. Fue una de las plumas más depuradas jamás nacidas en nuestro país. Poseyó una prosa delicada, incisiva, cínica, pero elegante.
Fue el iniciador y el ideólogo del conservadurismo dominicano, dando a la Iglesia, al Estado y a los demás sectores sociales los papeles que aún poseen.
Bibliografía
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