El poder, es decir,
la capacidad de mandar a otros, de tomar decisiones, y de ser primus inter
pares (el primero entre sus iguales), es
embriagador.
Todo ser humano
desea respeto, y desea sentir que posee autoridad. Pero estos sentimientos,
sumamente sanos, pueden tornarse adictivos y si se vuelven la pasión de toda
una vida, el leiv motiv de dicha existencia, nos encontraremos, salvo casos
excepcionales, con un tipo amoral, dispuesto a lo que sea, con tal de obtener
ese poder, y siempre desea más y más.
Un problema
recurrente, no sólo en la historiografía dominicana, sino en toda iberoamérica,
es la recurrente aparición de hombres providenciales, o que se perciben así, y
que están por encima de instituciones, de hombres, del bien y del mal. Casi
todos esos gobiernos, finalmente ha resultado nefasto, ya que cuando hablamos
de personalismos, todo se basa en un carisma que tiene una figura y esto no es
transmisible ni heredable.
Este egotismo de
estos mandatarios, este amor propio exacerbado, es fruto, en muchas ocasiones,
de deudas impagas de amor que se arrastran de la niñez, traumas y tragedias
familiares, y ellos desean por eso triunfar y demostrarle al mundo que los
maltrató que ellos lo van a salvar de su destrucción, siendo los mesías y
profetas de ese nuevo culto, que es el hecho a
su persona.
Su mayor pecado, a
mi entender, es que impide que las generaciones más jóvenes puedan aspirar a
cargos, ya que nadie puede sustituir al eterno, y eso va anquilosando
generaciones diversas, que no pueden servir a la patria.
Hay una frase
extraída del Nuevo Testamento, que señala que de qué vale ganar el mundo si
pierde su alma, la cual fue dicha por San Pablo de Tarso, y estos mandatarios
se olvidan que son servidores, es decir, deben funcionar en pro de la sociedad,
no servirse, y no cometer pecados y tropelías en pro de algo que, a final de
cuentas es efímero.
Roma fue el imperio
más grandioso de la historia, pero salvo sus ruinas y la herencia cultural poco queda. Los
mongoles, a caballo, conquistaron la mitad del mundo conocido, y hoy día, no
queda ni la polvareda que levantaron sus magníficos caballos, y algunas
crónicas y construcciones, ya que el resto fue devorado por la implacable arena
de los tiempos.
Ojalá recordemos
una frase de Winston Churchill, que dice que un político piensa en las próximas
elecciones y que un estadista piensa en las próximas generaciones. Manuel II
Paleologo, uno de los últimos emperadores bizantinos, decía que Bizancio no
requería de guerreros, sino de gerentes que mantengan la nave y la conduzcan a
buen puerto , para luego hacer posible las gestas.
Necesitamos gerentes y estadistas, necesitamos
de ciudadanos y cabezas, no de siervos y de espadas. Ojalá reflexionemos y lo
hagamos posible. La patria lo agradecerá.
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