Hace ya muchos años murió mi abuelo por parte de padre. No le conocí. Murió
relativamente joven (46 años) víctima del tabaquismo y del estrés provocado por
el trabajo y una vida llena de sacrificios y esfuerzos de todo tipo. Hace cosa
de unos 5 ó 6 años , estaba yo viendo unas tarjas del Club Naco donde estaba el
nombre de mi abuelo, y un señor se me acercó, e inmediatamente me preguntó que
si era familiar de Néstor Julio Saviñón.
Yo me puse “chivo” en un primer momento, él se rió y me dijo, hijo,
tranquilo. Conocí a tu abuelo. Cuando era niño, era de los pocos que me hacía
caso y me saludaba con afecto. De más
está decir que le di las gracias con el pecho henchido de orgullo.
El padrastro de mi papá fue mi abuelito querido. Un hombre noble, cariñoso,
dulce, que hizo suyos los nietos de su esposa. Él tenía una casa en Jarabacoa,
y a los tres o cuatro años de su muerte, yo caminaba cerca de la propiedad, que
se había vendido hace unos años, y un señor en una camioneta se me acerca. Me
pregunta si conocí esa casa. Le expliqué que si, y se me queda mirando
aguantándose la risa. No te acuerdas de mi. Sé que no. Yo era de los que les
llevaba caballos. Mi familia era pobrecita, y aunque ustedes no montaran, el
nos mandaba a buscar a que trajéramos los caballos y nos pagaba y nos ayudó a
“matar” el hambre muchas veces. Nos dolió mucho su muerte. Ojalá tu seas la
mitad de hombre de bien que él era. De más está decir que me emocionó
vivamente.
Mi otro abuelo sigue vivo. No es muy cálido, pero ha ido sembrando de a
poco. Ayudó a todo el que pudo. Y un día, yo hablando con uno de sus hermanos,
que es un destacado médico, veo que se le aguan los ojos y me cuenta todas las
ayudas que recibió de mi abuelo.
En la Divina Comedia, Dante Alighieri pasea por el Purgatorio con Beatrice,
la mujer que siempre admiró y que nunca lo quiso en la vida real, y le pregunta
cómo uno puede evitar tanto dolor como vio en el infierno. Ella, mujer bella
como son todas las mujeres, le guiña el ojo y le dice, facta non verba, caro
mio, es decir, hechos, no palabras, querido mío.
No soy de contar anécdotas personales. En muy pocos artículos habré hecho
uso de ese recurso. Pero en este caso, quise hacerlo, ya que sirve de ejemplo
para lo que deseo manifestar. Todos los que somos abuelos, tíos, padres,
padrinos o cualquier función de autoridad, tenemos un ministerio cuasi sagrado,
que es de guiar con el ejemplo a las nuevas generaciones. Que cuando se acabe
nuestro turno en la Tierra, se nos recuerde con admiración y afecto, y que
nuestros parientes esbocen una sonrisa al hablar de nosotros.
Tratemos, en una breve expresión, de inspirar con el ejemplo, porque con
eso construiremos una mejor sociedad paso a paso.
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