martes, 25 de diciembre de 2018

PANAMA PAPERS.


Panamá es un país peninsular bello. Situado entre el Caribe, el Pacífico, América del Norte y del Sur, sirve de puente a todas las regiones del continente. Es también un paraíso fiscal, es decir, donde grandes capitales se depositan buscando un castigo mínimo del sistema tributario.

Muchos potentados han constituido empresas de distinta naturaleza, y ello no es ilegal, ya que existe un marco regulatorio para esos fondos, pero puede ser francamente inmoral, ya que constituye una ventaja irritante en contra de los que más tienen en contra de las clases que, no pudiendo exiliar sus capitales, tiene que tributar fuertemente.

Esto se ha visto en Europa, donde hay artistas y políticos que deciden trasladar su domicilio fiscal a un país con menor carga tributaria, y, en algunos casos, renunciar a su nacionalidad y exiliarse a un país más benigno, fiscalmente hablando, lo que no pueden hacer sus coterráneos.

Por ese movimiento internacional por la transparencia y el fin de paraísos fiscales, Panamá ha tenido que aceptar alguna supervisión internacional en materia de corrupción, pero hace poco, por una filtración de una oficina de abogados de dicho país, se conocieron los famosos Panama Papers.

Dichos documentos son, en resumidas cuentas, relaciones de cuentahabientes con sus datos personales y las sociedades constituidas, así como los capitales sociales de las mismas, apareciendo el nombre de innumerables celebridades del mundo entero.

Como hemos dicho, no es ilegal, pero, debido a tener un régimen muy laxo, que persigue la sencillez y rapidez antes de detenerse a analizar la proveniencia de los fondos, pueden prestarse a lavado de activos o para otras actividades delictuosas.

Realmente, desde que en la década de los noventa se empezaron a crear los instrumentos internacionales en contra de la corrupción y lavado de activos, los paraísos fiscales han ido deviniendo en entelequias, en enclaves caracterizados por su opacidad cada vez más cercadas  por las exigencias de un mundo que demanda transparencia y cuentas claras, e irán desapareciendo, progresiva e inexorablemente, ya que son incompatibles con esos requerimientos.

Ello no quiere decir que desaparezcan los fondos golondrinas, es decir aquellos que van de un punto de la tierra a otro, sino que mutará y obligará a que un nuevo instrumento societario o jurídico cree condiciones favorables para la generación de esos excedentes supernumerarios que le encantan a todos los inversionistas del mundo.

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