Panamá
es un país peninsular bello. Situado entre el Caribe, el Pacífico, América del
Norte y del Sur, sirve de puente a todas las regiones del continente. Es
también un paraíso fiscal, es decir, donde grandes capitales se depositan
buscando un castigo mínimo del sistema tributario.
Muchos
potentados han constituido empresas de distinta naturaleza, y ello no es
ilegal, ya que existe un marco regulatorio para esos fondos, pero puede ser
francamente inmoral, ya que constituye una ventaja irritante en contra de los
que más tienen en contra de las clases que, no pudiendo exiliar sus capitales,
tiene que tributar fuertemente.
Esto
se ha visto en Europa, donde hay artistas y políticos que deciden trasladar su
domicilio fiscal a un país con menor carga tributaria, y, en algunos casos,
renunciar a su nacionalidad y exiliarse a un país más benigno, fiscalmente
hablando, lo que no pueden hacer sus coterráneos.
Por
ese movimiento internacional por la transparencia y el fin de paraísos
fiscales, Panamá ha tenido que aceptar alguna supervisión internacional en
materia de corrupción, pero hace poco, por una filtración de una oficina de
abogados de dicho país, se conocieron los famosos Panama Papers.
Dichos
documentos son, en resumidas cuentas, relaciones de cuentahabientes con sus
datos personales y las sociedades constituidas, así como los capitales sociales
de las mismas, apareciendo el nombre de innumerables celebridades del mundo
entero.
Como
hemos dicho, no es ilegal, pero, debido a tener un régimen muy laxo, que
persigue la sencillez y rapidez antes de detenerse a analizar la proveniencia
de los fondos, pueden prestarse a lavado de activos o para otras actividades
delictuosas.
Realmente,
desde que en la década de los noventa se empezaron a crear los instrumentos
internacionales en contra de la corrupción y lavado de activos, los paraísos
fiscales han ido deviniendo en entelequias, en enclaves caracterizados por su
opacidad cada vez más cercadas por las
exigencias de un mundo que demanda transparencia y cuentas claras, e irán
desapareciendo, progresiva e inexorablemente, ya que son incompatibles con esos
requerimientos.
Ello
no quiere decir que desaparezcan los fondos golondrinas, es decir aquellos que
van de un punto de la tierra a otro, sino que mutará y obligará a que un nuevo
instrumento societario o jurídico cree condiciones favorables para la
generación de esos excedentes supernumerarios que le encantan a todos los
inversionistas del mundo.
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