Un seis de noviembre de 1844, en
un poblado diminuto denominado San Cristóbal, los primeros representantes de
esta naciente Nación, inspirados en Dios, Constituciones europeas, americanas y
en un deseo de progreso y orden que se percibía en cada rincón de la geografía
del territorio, forjaron un texto referencial, donde volcaron sus anhelos y los
deseos para el país que iban a conocer sus generaciones postreras. Nos legaron,
pues, una Constitución.
Hace más de 12 años, un profesor
eximio me dijo en un aula universitaria que si el Estado es un cuerpo, la
Constitución es el aire que le insufla vida. Creía que exageraba, y la vida me
mostró que no exageraba, si no que no precisaba.
Una cosa es la constitución
material, positiva, que es la escrita en papel, en diversos textos que
consagran derechos, en tratados internacionales y otras fuentes, y es muy
importante, pero su existencia no vale de mucho si no se acompaña de la otra
constitución, la Constitución Real, la de la calle, que se manifiesta en el día
a día de sus ciudadanos y ve como se lucha por reivindicar derechos e impedir
iniquidades.
Hemos cometido el error de
concentrarnos en hacer memorizar a nuestros estudiantes textos
constitucionales, de hacer un poco de énfasis en las divisiones de los poderes y
ya.
La Constitución es un cuerpo vivo
que cada día se ejercita o se atrofia ante cada nueva conquista o cada nueva
villanía, y por ello, debemos enseñar esa Constitución, esa que no sólo se
enfoca en nuestros derechos, sino que en nuestros deberes y cómo operativizar
esos derechos, haciendo que sean exigibles, ya que un derecho que no pueda ser
garantizado no existe en términos reales.
Deseo, pues, exhortar a nuestros
educadores y autoridades docentes, a que enseñen la Constitución, pero que lo
hagan críticamente, tomando en cuenta la evolución de la misma, del trasfondo
histórico y de cómo poder ejercer derechos y deberes, con el fin de presentar a
nuestros hijos de un Estado más justo y equitativo, que nos haga orgullosos a
todos.
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